El dolor físico tiene parámetros claros. Puede medirse, observarse, describirse. Tiene un lenguaje compartido. En cambio, "el dolor emocional es profundamente subjetivo. No siempre deja huellas visibles, pero puede volverse igual —o incluso más— incapacitante", diferencia la coach ontológico familiar Verónica Jaroslavsky.
Cuando el sufrimiento no es solo del cuerpo
Reducir el sufrimiento a lo físico es simplificar la experiencia humana. Ansiedad, depresión, trauma, vacío, desesperanza. Estados que no necesariamente gritan, pero que desgastan en silencio. “Personas atravesadas por traumas, duelos no elaborados o trastornos depresivos pueden experimentar un dolor emocional persistente, que se percibe como sin salida”, subraya Jaroslavsky.
Decisiones extremas: entre la autonomía y el sufrimiento
“Evaluar la capacidad de decidir implica considerar no solo la claridad cognitiva, sino también la estabilidad emocional, la presencia de alternativas reales y el acceso a redes de apoyo”, dice la especialista. Y agrega: “La autonomía no puede pensarse aislada del contexto psíquico”.
Adolescencia: cuando el dolor todavía no tiene palabras
Si hay una etapa donde el dolor emocional puede intensificarse y volverse más difícil de nombrar, es la adolescencia. No porque se sufra más, sino porque se está construyendo todo al mismo tiempo: identidad, pertenencia, autonomía, mirada social. Y muchas veces, sin herramientas suficientes.
“El malestar no siempre aparece en forma de palabras”, destaca Jaroslavsky y explica que parece en ciertas conductas:
- Irritabilidad
- Aislamiento
- Desmotivación
- Cambios de conducta bruscos
- Conductas de riesgo
“Ante estos comportamientos, lo que se necesita primero es alojar, acompañar, estar disponibles de verdad, disponibles emocionalmente”, indica.
“Es generar espacios donde hablar no implique ser juzgado o corregido de inmediato. Es escuchar sin necesidad de tener una respuesta rápida. Es validar sin dramatizar, pero tampoco minimizar. Y, sobre todo, es poder pedir ayuda a tiempo. Porque la salud mental no debería ser un último recurso, sino una red de cuidado”.
Una conversación que nos incluye a todos
“La muerte de Noelia Castillo Ramos no debería leerse solo como un caso individual, sino como una oportunidad colectiva de reflexión”, apunta la coach familiar.
La reflexión a la que llama Jaroslavsky es sobre todo lo que sucede antes de una decisión tal, sobre los dolores que no vemos, los silencios que no sabemos escuchar, las señales que a veces llegan… y no terminamos de registrar. Y, especialmente, sobre el lugar que ocupamos como adultos. Porque “acompañar no es evitar el sufrimiento. Es no dejar a alguien solo dentro de él”, concluye.