Por Mariano García
El mismo río que da, quita... Es una histórica relación aceptada a la fuerza en el noreste de Salta, en Argentina. Pero las lluvias de febrero de 2018 alimentaron al Pilcomayo hasta el empacho y reventó, inundando con sus aguas dulces color chocolate, a las comunidades ribereñas que sintieron la amargura de perder hasta la nadita que tenían.
Y hacia el Chaco salteño fuimos con una cámara de televisión para contar las historias de los mojados por el veneno del diablo, que no se apiadó de los montes donde viven las comunidades de Wichis, Tobas y Chorotes. El río había ahogado la pobreza de los pobres pero no sus esperanzas, porque muchos de los hombres de las aldeas aborígenes se quedaron a riesgo de rendir lo único que conservaban, su vida.
Misión Grande llaman los Wichis a la pequeña comunidad que levantaron en un claro de la espesa vegetación a mil quinientos metros del Pilcomayo. Los varones que días antes cazaban, pescaban y recolectaban como lo hacían sus ancestros, recorrían como ánimas errantes el caldo marrón que les llegaba hasta la cintura, infestado de insectos y reptiles. Por allí anduvieron mis ojos, observando a las cabritas y gallinas subidas a las ramas de los árboles; mis oídos, escuchando el aullido lastimoso de los perros hambrientos junto a un horno de ladrillo que les sirvió de isla; mi piel, salpicada por las gotas que escupía sin aviso el pantano mientras la pared de adobe de un ranchito se desplomaba a centímetros para terminar diluida como un terrón de azúcar dentro de una taza de té caliente; mi nariz, fruncida por el penetrante perfume de la muerte que tocó con su hinchazón a los animales atrapados en ataúdes de ramas; mi lengua, seca por la falta de agua limpia tras horas de caminata peleando con las botas contra los tentáculos del barro. La empatía activó un sexto sentido que estrujó mi alma, porque así estaban las suyas... Algunos no hablaban bien el castellano, entonces para qué insistir con palabras y romper el luto del silencio si bastaba con la mirada de un par de ojos viscosos, que contagiaban un prematuro velo cristalino que te obligaba a tragar saliva y agachar la cabeza.
Allí estaban, los olvidados que no olvidan, que no olvidaban a sus mujeres, niños, padres y hermanos que salieron con lo puesto durante la madrugada mientras el agua amenazaba con devorarlos sino huían. Mientras me decían que no sabían dónde estaban, ahí nomás pasamos de periodistas a mensajeros. Memorizando nombres y recados, emprendimos la búsqueda de los desplazados hacia algún campamento improvisado al costado de la ruta o alguna escuela de Aguaray o Tartagal. A las mujeres les contamos que sus maridos estaban bien y que su casita ya no estaba, y mientras el cacique les traducía, un nudo en la garganta disparó el remordimiento, al sentir un pinchazo invisible y agudo provocado por las lágrimas de la joven wichi, que se lamentaba en una lengua para mí ajena. ¿Por qué no mentí u obvié tremenda noticia? Así anduvimos por los centros de evacuados y en pocas horas tenía una lista con nombres y mensajes para los que se habían quedado al resguardo de la miseria, cerquita del río.
Nos habían dicho que con la camioneta se podía llegar a La Curvita, un conjunto de casas donde viven aproximadamente 40 familias criollas y aborígenes. Avanzamos con la 4X4 entre huellas profundas y espejos de agua que aparecían como trampas, temiendo encajarnos, pero no nos detuvimos. El camino era una masa aceitada y a los costados mostraba balsas armadas de improviso con los mismos postes que se usan para delimitar los corrales. Fue inevitable imaginar a los niños y mujeres con miedo, flotando sobre ese manojo de palos mal sujetados con alambres, buscando las partes altas en el monte.
Después de recorrer unos dos kilómetros nuestras esperanzas recibieron la cachetada de la realidad, el sendero se ahogaba en un dibujo que parecía otro río serpenteante que nos impedía avanzar. Descendimos con Maximiliano y Víctor, camarógrafo y asistente, miramos ese panorama en silencio sin aceptar que nuestro camino terminase ahí, pero qué íbamos a hacer...
Rodeados por la vegetación y un obstáculo que nos vencía, dejamos de mirar hacia el enemigo, giramos para darle la espalda y observamos como un hombre mayor acompañado de su hija se aproximaban hacia nosotros mientras buscaban mantener el equilibrio entre el lodo. Nunca los vimos llegar, venían detrás nuestro. Con un sombrero de ala ancha, botas, jean y una camisa gastada, César Quintana se presentó.
Nos contó que vivía en La Curvita y quería saber cómo estaba su casa y negocio, ahora que el río parecía retroceder. Este criollo de 62 años estaba dispuesto a caminar un kilómetro y medio sin saber hasta dónde le llegaría el agua con tal de ver qué había sucedido con el esfuerzo de toda su vida. Le ofrecimos uno de los equipos de goma para internarnos en el desafío y acompañarlo. No dudó en aceptar la propuesta y hacia la incertidumbre marchamos, deseando que el agua no nos sobrepasara el nivel del pecho porque de lo contrario deberíamos regresar.
Cuando llevábamos media hora en fila india a paso lento pero firme, sintiendo la presión del traje sobre pies y piernas como una mano que se cierra fuerte, observamos que la línea grisácea dibujada por el sedimento sobre la vegetación marcando el nivel al que había llegado el río, superaba nuestras cabezas. Sobre la frontera horizontal del uniforme color ceniza, el monte se presentaba a izquierda y derecha como sino formase parte del paisaje invadido por el Pilcomayo, un límite entre el paraíso y el infierno, una paleta de verdes cielo surgiendo de un inframundo desteñido. Y por ese infierno mojado avanzamos más de una hora hasta llegar a la casa y humilde despensa de nuestro “Virgilio” salteño, que como en las aventuras de Dante, describió los pesares de los que parecen haber cometido el peor de los pecados: nacer ignorados en este rincón de la patria.
Le costó abrir la puerta de alambre tejido que parecía haber echado raíces, pero la desesperación es una fuerza poderosa y pronto cedió ante un tirón contundente que tensó los músculos de su brazo derecho, mientras la frente bañaba en sudor su rostro apenas protegido por el sombrero. Ante nosotros apareció un cerdo muerto junto a unas maderas amontonadas en el patio frontal, pavos hambrientos en las copas de los árboles, la marca del desastre tatuada al nivel de la cintura en las paredes. Los ambientes internos del hogar nada tenían que ver a cómo los había dejado, César enumeraba los muebles y explicaba que la heladera que veíamos en una habitación antes estaba en la cocina, que la cama flotando en el comedor era de su hija. La angustia se mezclaba en la tarde ardiente y enmudeció el sorteo de cajones, mobiliario y la inservible mercadería de la despensa, flotando como peces muertos. El escenario no podía ser peor, las pérdidas materiales eran totales.

Empujados por los tiempos de transmisión del material periodístico, sabiendo que nos faltaba desandar el camino hasta el vehículo, y que nos esperaban al menos dos horas de viaje a través de la ruta 54 hasta llegar a Aguaray donde tendríamos la señal de celular suficiente para emitir la historia a Buenos Aires, decidimos aguardar sin emitir sonido más que los que producía el chapoteo en el agua que nos cubría hasta las rodillas.
El hombre se desplazaba despacio, ensimismado, con la misma mirada que un día antes había visto estampada en los ojos de los wichis. De pronto apareció con una almohada en una mano. “Para calmar los problemas de cervicales”, dijo, y una bolsa de nylon en cuyo interior aparecía un juguete del tamaño de una pelota de fútbol 5. “La estrella de la muerte” de Star Wars asomaba dándole un toque surrealista al momento. La poderosa arma que tenía la capacidad de destruir un planeta entero en la ficción, en la vida real había sido protectora tal vez, del último aliento de esperanza para una de las hijas de César. En su interior estaban los ahorros de toda su vida, que fueron protegidos por la esfera plástica que era llevada con recelo por el dueño de casa como si se tratase de un objeto precioso.

Ya en el patio trasero, a pocos metros de las jaulas donde antes estaban las gallinas ponedoras, el cierre de la nota fue interrumpido por unas voces que llegaban desde el ingreso a la propiedad. Inmediatamente nos callamos y César salió disparado como una flecha, el cansancio desapareció y en segundos estaba enfrentando a gritos al grupo de intrusos que huyeron como aves carroñeras abandonando su presa. No sabemos si regresaron más tarde porque ni bien cerró el endeble portón, comenzamos el pesado regreso.
Masticando bronca partimos, pensando en las miserias de los hombres, los pobres, los ricos, los que tienen responsabilidades políticas. Así tanteamos el terreno con los pies, siguiendo la línea imaginaria sobre la que nos apoyamos por primera vez sabiendo que, como los equilibristas, no nos fallaría para llegar al otro extremo. La vuelta nos encontró conversando sobre lo que aún no terminábamos de digerir. Y fue en ese intercambio de ideas y vivencias mientras encabezaba la marcha que le dije, disculpa mediante: “Ustedes no le importan a nadie”. Y César respondió: “Mariano, para los políticos nosotros no somos productores de riqueza, somos productores de votos”.
Me detuve y giré para mirarlo a los ojos, dolía la resignación dibujada en la sonrisa irónica. No dijo nada. Tragué la poca saliva que encontró la lengua en la boca, savia amarga, tan amarga como la realidad de estos argentinos olvidados... Así caminé, con los dientes apretados, el sudor obligándome a parpadear, y el sol implacable cocinando reflexiones en mi cabeza y en el pecho... En ese entorno se gestó esta historia, parida de la obligación moral...

Mariano García, Maximiliano Radice y Víctor Formica (cronista, camarógrafo y asistente)
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