Se trata de una "jicotea elegante de Misuri", un tipo de tortuga también conocido como galápago de Florida.
Como buen animal semiacuático este ejemplar solía pasear por la zona remansada de un río. En su merodear habitual, mientras era apenas una cría se enredó en uno de esos plásticos que sirven para mantener seis latas juntas. Quedó encajada en uno de los aros, sin poder librarse.
Como si tuviera un corsé, su cuerpo tuvo que adaptarse al plástico. Así, para los nueve años tenía forma de reloj de arena o de maní con cáscara.
Las tortugas no son particularmente veloces, pero aquellas condiciones la hacían aún más vulnerable a los depredadores.
Por suerte, alguien la encontró y la llevó al Zoo de San Luis, una ciudad portuaria construida a lo largo de la orilla oeste del río Misisipi.
Al verla, los veterinarios la bautizaron como "Peanut" (maní, en español) y le quitaron la faja de plástico. Pero el daño ya estaba hecho y nunca volvería a tener la forma de una tortuga común.
Y la donaron al Departamento de Conservación de Misuri. "Si esto hubiera ocurrido a una nutria, el animal probablemente habría muerto a causa de una infección", señalan los responsables del departamento.
Hoy, a sus 30, la tortuga sigue viviendo en un acuario, lejos de las amenazas que encontraría en su hábitat natural.
Además, la nombraron imagen de la iniciativa "No More Trash" (No más basura), lanzada en conjunto por los departamentos de Conservación y de Transporte de Misuri para concientiziar, educar y lograr un estado libre de desechos y que cuenta con miles de voluntarios.