El ideal de ocho horas de sueño diarias es para muchos una meta imposible de cumplir. Aquejados por ocupaciones o distracciones varias (celular, tablet, libros, televisión) hace tiempo que se duerme menos de lo aconsejable para llevar una vida saludable. Para vivir en carne propia el impacto que estos hábitos de sueño modernos tienen en el cuerpo y la mente una periodista británica se sometió a un estudio por el cual redujo sus horas de descanso a seis por día.
Sarah Chalmers tiene 46 años y es mamá de un nene de 9 años y de gemelos de 7. Las épocas en las que los chicos se despertaban de noche o se pasaban a su cama interrumpiéndole el descanso quedaron atrás. Acostumbrada a dormir entre 8 y 9 horas por día, en pos del experimento acortó esa rutina durante cinco días.
Uno de los primeros efectos los notó mirándose al espejo: ojeras, piel enrojecida, poros dilatados y algunos puntos negros en su pera. Además, le costó más concentrarse, olvidaba cosas con frecuencia, se sintió alterada y torpe.
“No tenía idea de que la reducción en el sueño de sólo una o dos horas por noche podría tener un efecto tan devastador sobre todo en mi concentración, la memoria, la paciencia y hasta el tono de la piel”, escribió Chalmers en el artículo del Daily Mail en el que relató su experiencia como “conejillo de indias”.
Varios estudios mostraron la relación entre la falta de sueño y la disminución en el rendimiento cognitivo y en la capacidad física. Y uno realizado por científicos de Noruega encontró un vínculo entre el insomnio y un bajo umbral de dolor.
Después de la primera noche de dormir menos, Chalmers no se sintió tan cansada como esperaba. Meadows explica que se debe a que un reflejo provoca un estado de hiperexcitación que limita o retrasa el impacto negativo que se obtendría con una disminución de horas de sueño a largo plazo. Pero ese estado es pasajero y más temprano que tarde se ven las consecuencias negativas de no dormir el tiempo necesario.
“Una de las consecuencias a largo plazo de sueño restringido es un aumento del hambre”, agrega. Es que el sueño activa dos hormonas, una responsable de regular la saciedad y otra relacionada con el apetito. Por eso la falta de un buen descanso es un componente central de la epidemia mundial de obesidad. Y, como si fuera poco, un sueño insuficiente también tiene impacto en el sistema inmunológico, lo que nos hace más vulnerables a enfermedades.