Iván Michel Vilches Antao, “El Portu”, tenía 25 años cuando empezó a trabajar como guardia de seguridad en el Mercado Central de La Plata. Su sueño era ser policía -su mejor amigo es un subcomisario de la Bonaerense- pero por el momento tenía que contentarse con ese empleo informal, para el cual le entregaron una pistola Colt calibre 45.
Vecino de una zona humilde de Villa Elisa, donde los autos oxidados son un lujo y las cunetas se sortean con tablones, no tenía muchas otras opciones para ganarse la vida, más que unas changas como electricista. Separado de su primera mujer, sabía ya de tragedias: su hijo había muerto antes de que cumpliera los 6 años.
Eran cerca de las 11.15 cuando el Mercado Central, en las calles 520 y 116 de La Plata, se sacudió por un estampido. Cuando todos corrieron a ver qué había ocurrido se encontraron con Iván caído en el piso sobre un charco de sangre. Su propia sangre. A la derecha de su cuerpo estaba su Colt calibre 45. Iván corría riesgo serio de morir desangrado, más allá del dolor atroz que le atenazaba las entrañas.
Lo llevaron al hospital y allí determinaron que una bala le había atravesado el escroto derecho y le había salido por el izquierdo, sólo para pegarle en el muslo y en la rodilla izquierda. Se había pegado un tiro en los testículos.
Tuvieron que operarlo de urgencia. Le hicieron una orquiectomía -extirpación quirúrgica parcial- en el testículo izquierdo y el derecho quedó bajo observación, más allá de las lesiones en la pierna. Lo que seguiría, le anticiparon, sería un año de tratamiento y rehabilitación.
Pero no era lo único. Cuando salió de su dolor, Iván se enteró de que estaba técnicamente “aprehendido” por orden judicial, que le habían abierto un prontuario policial -el número 1.432.792- y que estaba imputado en una causa penal por el delito de portación ilegítima de arma de guerra. Y que, además, se había quedado sin empleo.
Por fin, ya con toda la prueba reunida, el expediente contra Iván fue elevado a juicio oral. El caso fue a sorteo y recayó en el Tribunal Oral N° 1 de La Plata, ante el cual el fiscal y la defensa del acusado pusieron algo de cordura: plantearon que se realizara un procedimiento de “juicio abreviado”. A cambio de declararse culpable, Iván aceptaba recibir una condena a 3 años y 6 meses de cárcel y una inhabilitación por siete años para tener y portar armas de fuego.
Quince días atrás, el expediente llegó a manos del juez Juan José Ruiz, quien empezó a evaluar la posiblidad de que quizás fuera absurdo que Iván recibiera una condena penal. Tal vez, pensó, ya hubiera recibido un castigo divino.
Iván, entonces, fue exceptuado de cumplir la sentencia. Pero igual hoy es un hombre condenado a 3 años y 6 meses de prisión por haberse pegado un tiro en los testículos.
Fuente: Clarin