A las 2 de la mañana del 27 de enero, Gustavo Ares estaba trabajando cuando la alarma de su local comercial se disparó. Las cámaras no mostraban intrusos, pero sí humo proveniente del taller mecánico lindero. Minutos después, el propietario de ese taller lo llamó para confirmar lo que Ares ya temía: las llamas estaban pasando hacia el techo de Argenfer.
Cuando llegó al lugar, encontró a los bomberos sin agua suficiente. Una motobomba estaba inactiva, otra sin gasoil. El fuego, que se había iniciado cerca de la una de la mañana en el taller vecino, llevaba casi una hora sin ser combatido. "Realmente no había elementos con los que combatir el fuego", recuerda Ares. Las llamas consumieron todo el stock, las estanterías y la estructura del edificio. El incendio no fue apagado: se extinguió por falta de combustible.
Argenfer es más que una ferretería. Fundada en 1982 con un socio y una oferta inicial de tornillos y rodamientos, la empresa creció hasta tener sucursales en distintos puntos del país y cerca de 50 empleados. Su dueño también impulsó la Cámara de Ferreteros de Mar del Plata, integró la Federación Económica de la Provincia de Buenos Aires y trabajó con CAME y otras cámaras del interior. Esa red de vínculos, construida durante décadas, sería decisiva en las horas siguientes al siniestro.
"Tomá la llave, es tuyo"
Mientras el fuego aún consumía el local, la esposa de Ares ya recorría la cuadra buscando carteles de alquiler. La decisión de continuar estaba tomada desde el primer minuto. Lo que no estaba claro era cómo. Algunos propietarios de locales cercanos aprovecharon la urgencia para subir sus precios un 30 o 40 por ciento. Pero a 120 metros del local siniestrado apareció Mario, dueño de un negocio vecino y excombatiente, con una propuesta opuesta: le entregó las llaves de una propiedad que tenía en refacción, sin contrato ni condiciones. "Hacé lo que quieras, establecete y Dios dirá", le dijo.
El local estaba en obra pero propios empleados de Argenfer—vendedores de ferretería convertidos en carpinteros, plomeros y electricistas— se encargaron de acondicionarlo. Se sumaron clientes de toda la vida: “un hombre de 70 años llegó en moto, se presentó como Agustín y trabajó durante semanas pintando, instalando el tanque de agua y haciendo plomería. La hija de un mecánico fallecido ofreció el taller de su padre. Otros donaron o prestaron estanterías. Por la calle, desconocidos tocaban bocina para alentarme”, cuenta Ares.
El 26 de febrero, a menos de 30 días del incendio, el negocio volvió a abrir sus puertas en el local provisorio, pero repleto de productos y cariño de la gente. A la inauguración llegaron clientes históricos, colegas empresarios y periodistas. Hubo abrazos y lágrimas. "El fuego se lleve lo material, pero que no se nos lleve el alma", había dicho Ares en los primeros días. La reapertura fue, para él, la respuesta.
El empresario eligió leer lo sucedido como una confirmación de algo que, según dice, siempre creyó: que proceder bien a lo largo de la vida genera un capital invisible que aparece cuando más se necesita. "Ser buena persona tiene su respuesta en algún momento cuando vos no te lo pensás", afirmó. La ferretería seguirá funcionando en el local de Mario hasta reconstruir su sede original. Los proyectos, aseguró Ares, continúan.