El primer golpe que recuerda Betiana Correa fue cuando estaba embarazada de tres meses. Primero fueron insultos, hasta que dos meses más tarde, a los cinco meses de embarazo, su expareja, Gerardo Galván, le pegó una trompada en el ojo. “Me decía que era culpa mía, que yo lo buscaba, que yo lo provocaba, que no tenía que preguntar cosas. Las peleas siempre se terminaban en un golpe”.
A los dos días de aquella golpiza fue a la fiscalía a denunciar, pero se encontró con una respuesta insólita. Uno de los oficiales le preguntó cómo se había lastimado. “No me lo hice yo”, recuerda que le dijo. La respuesta que siguió fue inaudita. “Bueno señora, le pregunto porque hay muchas mujeres que se autogolpean para incriminar al marido”. Después de eso archivaron su causa y todo quedó en pausa.

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Sin embargo, las agresiones no se detuvieron. Cada un mes o veinte días Galván volvía a pegarle y cómo Betiana no tenía adonde ir con sus dos hijos, callaba. “Me daba vergüenza, no salía, andaba con anteojos de sol para que no se me vean los ojos negros. cuando era verano no salía porque siempre tenía moretones en algún lado del cuerpo. Me fui alejando de todo lo que me rodeaban porque no quería que me vieran así. Me fui aislando y me fui quedando sola”.
Después de 29 denuncias, recién la Justicia ordenó en los últimos días la detención preventiva de Galván, quien podría ser liberado al no estar firme la condena. Es por ello que Fiorella Mucholi, abogada de Betiana, pidió "que la Justicia garantice la seguridad de la víctima" y que el imputado "llegue detenido al debate oral".

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UN CAMINO LARGO PARA PEDIR JUSTICIA
Betiana contó a Telefem que le archivaron 17 causas y que como no sabía los pasos a seguir, su caso no avanzaba. Hasta que conoció a su actual abogada, quien la asesoró y acompañó para reactivar todas las denuncias. ”Me di cuenta que había muchas irregularidades en mi caso”.
Una vez que logró separarse e irse a vivir a otro lugar, Galván fue hasta su casa y volvió a golpearla. “Me pegó mucho, me sacó un pedazo de labio, mientras me ahorcaba y me decía que me amaba, me decía por qué le hacía esto. Me apretaba el cuello”. De ese día recuerda la sangre, la desesperación y el encierro, durante dos días hasta que la rescató su hermano. “Yo creo que el propósito de él era matarme, siempre me dijo que si no era de él, no iba a ser de nadie”.
Sin embargo, nunca bajó los brazos. “Empecé a rearmarme y hoy estamos a instancia de un juicio. Es injusto que yo como víctima tenga que estar yendo de fiscalía en fiscalía y estar contándoles a todos lo que me pasa. Tengo que llevar fotos de todas las deformidades que me dejó en la cara. Yo tengo que presentar pruebas de todo”.
Antes de separarse, Betiana no tenía donde ir. “No tenía la ayuda de nadie, ni del Estado, ni del municipio, ningún juez, nadie me escuchó”. Ahora, lo único que pide es Justicia, por ella y por sus hijos, por todo lo que tuvieron que vivir. "Verlos a mis hijos gritando, pidiéndoles que no me pegue más, la cara de sufrimiento de me la olvido. Eso no me lo va a sacar ni un psicólogo, ni la Justicia, ni nadie. El miedo está a que salga".