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El Superclásico de la Libertadores terminó en un papelón histórico

El supreclásico de vuelta de los octavos de final de la Copa Libertadores terminó en un papelón histórico al ser suspendido luego de que los jugadores de River fueran agredidos con gas pimienta cuando salían para disputar el segundo tiempo.
Por Telefe Noticias

Deportes: El Superclásico de la Libertadores terminó en un papelón histórico

Cuatro jugadores millonarios sufrieron los efectos del gas en sus ojos e incluso alguno de ellos sufrió quemaduras de primer grado corroboradas por el médico encargado del control antidoping.

La decisión de suspender el partido se tomó cerca de una hora y media después del horario previsto para el inicio de la segunda etapa. El árbitro Darío Herrera tomó la resolución luego de consultar con las autoridades de la Conmebol. El primer tiempo había terminado sin goles.

Luego de consumada la decisión de suspender el partido, los jugadores de Boca se quedaron en la cancha, ubicados como para seguir el partido, mientras los de River estaban también en la cancha ya que no podían irse a los vestuarios porque no estaba la manga para hacerlo.

Si hay continuidad o no, lo decidirá el Tribunal de Disciplina de la Conmebol, con la prontitud necesaria a partir de que los cuartos de final se llevarán a cabo desde la semana próxima.

En el medio, conatos de agresión entre el presidente de River, Rodolfo D'Onofrio, con Rodolfo Arruabarrena y de este insultando a su colega Marcelo Gallardo, mientras Ramiro Funes Mori, Leonardo Ponzio, Matías Kranevitter y Leonel Vangioni mostraban sus espaldas enrojecidas y sus ojos extremadamente irritados.

Antes estuvo lo futbolístico, y en ese aspecto esos únicos primeros 45 minutos mostraron la peor versión de Boca, sin juego asociado, precisión y garra, y a la vez ratificaron la mejor de River, con solidez, despliegue y, principalmente, inteligencia.

Boca, ante la necesidad de revertir el 0-1 de la semana pasada en Núñez, salió a jugar con un 4-3-3, pero no tuvo ni tranquilidad ni claridad para exigir a una sobria última línea del equipo de Gallardo.

Fernando Gago, el conductor del conjunto de Arruabarrena, nuevamente quedó en deuda, ya que no logró imponer su juego.

Pero también es real que ni Marcelo Meli ni Pablo Pérez, los otros tres volantes, se acercaron para formar un circuito futbolístico.

En consecuencia el tridente ofensivo, Cristian Pavón, Daniel Osvaldo y Federico Carrizo, quedó muy aislado.

Boca fue un equipo partido, sin una idea de juego, y la mejor muestra de eso fue que Daniel Díaz, el pilar de la zaga defensiva, fue la mejor y -tal vez- única salida.

Apenas un remate de Osvaldo, que mostró algo de temperamento, a los 25 minutos inquietó a un seguro Marcelo Barovero.

River, con un 4-4-1-1, que por momentos mutó a un 4-3-2-1, hizo su trabajo a la perfección: lució sólido atrás, manejó con criterio la pelota y así impuso su ritmo a un partido chato -desde lo futbolístico-, lo que más le convenía.

El trabajo de los volantes fue fantástico: Leonardo Ponzio, el DT dentro del campo de juego, fue el guía, mientras que Matías Kranevitter y Carlos Sánchez, el autor del gol de penal en la ida, lo siguieron a la perfección.

Pero lo más importante es que tanto Sebastián Driussi como Gonzalo Martínez, dos volantes de características más ofensivas que defensivas, fueron los primeros en trabajar para recuperar la pelota.

Esa fue la máxima virtud del equipo visitante: la solidaridad. A partir de eso, jugó el encuentro que quiso. Y los cuatro del fondo no fallaron nunca.

Después, el escándalo y lo antedicho. El presidente de River, Rodolfo D´Onofrio, y varios dirigentes del club ingresaron al campo de juego (algo lógico desde lo humano, pero fuera del reglamento) y fruto de eso se generó una discusión con Arruabarrena.

Frente al escándalo, también entraron a la cancha Juan Carlos Crespi, vicepresidente segundo de Boca, y otro directivos de la institución.

Y "la frutilla del postre" para que todo sea aún más vergonzoso fue la aparición de un "drone", un artefacto tecnológico que vuela a control remoto, con un telar de la forma de un fantasma con la letra B -por el descenso de River en el 2012-, desde la tribuna baja.