Era un sábado a la tarde. Faltaba apenas una semana para el Domingo de Pascuas. En cuestión de horas, los presos de la Unidad Número Dos de Olavarría amenazaron con una Semana Santa sangrienta. Lo que siguió fue horas de terror, rehenes y una cárcel en llamas. Treinta años después, la pregunta sigue sin respuesta cierta: ¿Qué falló?
Todo comenzó con un grupo de presos del penal de máxima seguridad conocidos como "los doce apóstoles". Eran trece, pero uno murió apenas comenzó la toma. Los que quedaron tomaron a los guardiacárceles como escudos humanos. Cuando la fuga fracasó, se replegaron y mil quinientos internos se sumaron al amotinamiento.
Lo que ocurrió puertas adentro superó cualquier protocolo de crisis y reveló falencias graves en vigilancia y coordinación entre el personal.
Adentro quedaron guardiacárceles, visitas familiares, Testigos de Jehová que visitaban el penal y la jueza María Mercedes Malere con su secretario. Diecisiete rehenes en total. Afuera, la gente comenzó a aglomerarse frente a la cárcel a medida que se conocía la noticia.
Los doce apóstoles ejecutaron a ocho rivales de la banda de Agapito Lencina, los descuartizaron y los incineraron en el horno de la panadería del penal. La evidencia fue luego irrefutable: encontraron las piezas dentarias de las víctimas en ese lugar cuando todo terminó.
La semana que siguió al conflicto inicial evidenció la incapacidad para negociar, coordinar fuerzas y contener la barbarie, además de una crisis general del sistema penitenciario de la época. De a poco, otras cárceles bonaerenses también entraron en estado de protesta.
La rendición y sus condiciones
El 7 de abril de 1996, los líderes de Sierra Chica se rindieron a cambio de ser trasladados a la cárcel de Caseros, cuyas condiciones eran más flexibles. Dos meses más tarde, intentaron otra fuga ahí que duró seis horas.
En el año 2000, el sistema penal sancionó por primera vez a algunos de los responsables. Por la peligrosidad de los acusados, asistieron a las audiencias de forma virtual. Los cabecillas fueron condenados a prisión perpetua; quienes participaron de los episodios violentos recibieron penas menores y algunos fueron absueltos por falta de pruebas.
Treinta años después
El destino de los condenados se reparte entre quienes pudieron rehacer su vida y reniegan de ese pasado, quienes volvieron a cumplir condenas por reincidir en otros delitos y quienes murieron en contextos violentos.
Lo que permanece sin respuesta es cómo se generaron las falencias en seguridad, coordinación y rehabilitación para que el motín más sangriento de la historia carcelaria argentina estallara a la vista de todos, como si fuera una serie de televisión.