Llegar hasta el barrio Juan XXIII se nos torna más dificultoso de lo que imaginamos. Queda algo alejado del centro de la ciudad, a salvo del temporal por designios de la fortuna y de una obra inconclusa pero acertada: el aterrazamiento del cerro Chenque, ícono de la petrolera y siempre ventosa Comodoro Rivadavia.
Las primeras conversaciones informales con habitantes que no padecen las consecuencias de las inundaciones -el taxista de rigor, por caso- nos advierten de cierta "peligrosidad" en algunas de las zonas más castigadas. "Cuídense, muchachos", se nos dice. Luego confirmaríamos, nada más alejado de la realidad.

Había caído el sol, y ya teníamos una mirada de la tragedia desde el aire, habiendo realizado un sobrevuelo gracias a la División Aérea Mecanizada 9 del Ejercito. Desde unos 300 metros de altura, las postales de la desolación quedarían documentadas en notas e informes. Tajos en las laderas de los cerros, manchas marrones en calles tapadas por el tono monocromático de los efectos del alud, enormes extensiones de campo con cientos de vecinos en plena tarea de restauración. Una imagen que nos permitía adentrarnos en el corazón de lo que había ocasionado la furia natural en toda su dimensión. Internalizado ese relevamiento desde el cielo, amplio y clarificador, necesitábamos del contacto mano a mano con los damnificados. Ya en tierra, oscureciendo, ahí estaban los barrios frente a nuestros ojos: el citado Juan XXIII, el Pueyrredón, y más alejado, el Laprida con su derrotero de destrucción, olvido e imágenes surrealistas.
Todo era peor a lo que habíamos visto en redes y televisión antes de empezar nuestra cobertura: gigantescas montañas de barro por todos lados, casas -literalmente- con el lodo casi hasta el techo, vecinos desesperados por empezar un trabajo de reconstrucción imposible de realizar, desamparo, autoevacuaciones.
¿Quién ejerce el liderazgo en las operaciones de reparación estructural de daños? Por lo que pudimos ver, nadie.
¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar? A muchos afectados se los veía deambulando sin saber demasiado qué hacer, adónde ir, a quién recurrir. ¿Quién ejerce el liderazgo en las operaciones de reparación estructural de daños? Por lo que pudimos ver, nadie. Señoras mayores que conmocionadas, relatan su desdicha y soledad, adultos con las manos y la piel curtida por el esfuerzo, manchados de barro, atentos a los problemas de los demás, brindándose enteros, pura generosidad. Pero no hay liderazgo. No hay Defensa Civil, bomberos, policías. No hay asistentes sociales. No hay camiones con donaciones circulando. Algunos vehículos militares, y maquinas viales que actúan de manera espasmódica, sin estrategia. A nuestra cámara se acercan pedidos desesperados, más de 10 días después de los dos temporales. Un reclamo predominante. Más máquinas, rapidez de acción, trabajos en zonas inaccesibles. Eso. Sin bronca. De manera contundente ante la emergencia interminable. Estamos en vivo. Horas después, por esa potencia que suele irradiar un medio de comunicación nacional, el sonido inconfundible de las retroexcavadoras alteran el nerviosismo de la noche. Carolina, una vecina que perdió todo y se turna con su marido para cuidar la casa desde su terraza, agradece emocionada. Nosotros también nos quebramos. Suena el celular. Del otro lado de la línea, Juan Carr, gigante entre los gigantes, busca colaborar estableciendo un contacto con una escuela, una maestra, una vecina. Alguien que pueda cargarse al hombro el aporte invalorable y desinteresado de la Red Solidaria. Aportamos teléfonos y hacemos gestiones.
La energía positiva, en medio de un panorama triste por donde lo mire, se respira en el aire y se va contagiando.
En Laprida conocimos a Martha, una empleada doméstica que alcanzó a salir a tiempo de su casa. Pudo rescatar a sus hijos pero padeció el dolor de ver cómo el torrente furioso se llevaba sus pertenencias. El barro, sólido y consolidado, parece dar la impresión de querer establecerse allí, para siempre, haciendo estéril todo esfuerzo. La mujer no disimula su dolor. Sabe que nunca podrá volver allí, donde quedaron recuerdos y sentimientos. Como los hermanos Andrés y Marcos, que no pueden contener las lágrimas mientras sacan barro con palas y baldes de la casa de su madre, felizmente a salvo.
La mujer no disimula su dolor. Sabe que nunca podrá volver allí, donde quedaron recuerdos y sentimientos.

En San Cayetano, otra barriada despojada, una maquina se encaja en el barro. Casi tapada en su estructura, al final sale remolcada por una enorme pala mecánica. Media hora de tarea fue suficiente para que se permitiera liberar el acceso al barrio y a Moure, un asentamiento que creció notablemente en los últimos años. Ubicado en una zona alta, somos identificados por los vecinos como los primeros en llegar a esa zona de alta vulnerabilidad. Lejos de cierto confort urbano, la devastación se impone a cada paso. Un pequeño arroyo de un metro de ancho, convertido en una grieta de profundidad incalculable, con partes de precarias casillas en su interior, predominan como imagen en el barrio, abandonado a su suerte. Silvia, Genara y Herlinda viven en casas linderas y todas se salvaron. Pero todavía en shock, no pueden poner en palabras el drama en primera persona. Hijos que casi se pierden en el derrumbe, maridos que oficiaron de rescatistas, pérdidas de historias, de pertenencias, de sueños. Todo eso es Moure, donde nadie llega por inacción y prejuicio.
⚡️ “Comodoro Rivadavia: el drama de los que perdieron todo” por @telefenoticias | Enviado especial @guillepanizza https://t.co/HVKP9rMPhR
— Telefe Noticias (@telefenoticias) 11 de abril de 2017
Pero Comodoro se sobrepone. Se reconstruye. Renace. Por vecinos como Leonardo, que aporta su avioneta preocupado por la realidad de su ciudad, para realizar sobrevuelos. Por actitudes como la del dueño de un hotel que alojó a autoevacuados con techo y comida, desprendido de toda pretensión individual. Por héroes anónimos como los vecinos que acudieron al rescate de un perro empantanado quién sabe hace cuanto, y que es salvaguardado durante horas hasta sacarlo tiritando de frío, seguramente acalambrado y dolorido. Comodoro se transforma en una causa nacional, por el despliegue de su gente. Por los voluntarios. Por los empresarios y sindicatos generosos que pusieron a disposición máquinas. Por la calidad humana emocionante ante la adversidad. Por los mates que calientan en el frío de las madrugadas. Por la invitación al otro a pasar a un cuarto caliente. Porque aquí, el otro somos todos. Por eso Comodoro se va a recuperar. Por la fuerza de su gente, solidaria y sensible. Por todo eso, #FuerzaComodoro es mucho más que un hashtag. Es un grito de aliento que se replica, frente a su hora más dramática.
Texto de Guillermo Panizza | @guillepanizza