Los repentinos disparos de arma larga interrumpen nuestra travesía y generan un eco ruidoso acá en el medio del campo. Nos damos vuelta sobresaltados. Miramos para todos lados. Buscamos rápidamente los ojos de nuestros compañeros para chequear que están bien, y el reflejo de esos ojos devuelven una instantánea de mi nerviosismo.

¿Qué se hace ante las balas cuando estás caminando agachado entre plantaciones ilegales de marihuana en el medio de una zona rural? ¿Qué se hace? ¿Te agachás o corrés? ¿Gritás o te quedás callado? ¿Son municiones accionadas por la Policía Antinarcóticos que nos acompaña y escolta o municiones defensivas de los narcos que podemos llegar a tener a pocos metros? RA-TATA-TA-TA. Otra ráfaga de balazos interrumpe nuestros pensamientos. No importa qué nos espera más allá; hay que seguir adelante.
¿Son municiones accionadas por la Policía Antinarcóticos que nos acompaña y escolta o municiones defensivas de los narcos que podemos llegar a tener a pocos metros?
Estamos en el norte de Paraguay, justo ahí donde nace el camino del tráfico de estupefacientes en el sur del mundo. Bienvenidos a la ciudad que con sus 70.000 hectáreas de cultivos de cannabis (nos) explica de dónde viene la marihuana que se consume en Argentina. Bienvenidos a una ciudad en la que sus habitantes quieren vivir tranquilos... pero no los dejan. Bienvenidos a Pedro Juan Caballero.
Mientras escribo estas palabras estoy en algún punto perdido de Brasil. Deberíamos estar en Paraguay registrando todavía los pormenores del tráfico de estupefacientes a gran escala, pero tuvimos que retirarnos anticipadamente ante las reiteradas amenazas contra nuestra integridad: primero, comentarios violentos en las redes; después, llamadas extrañas a los números del periodista paraguayo que nos acompañó en estos días; por último, videos intimidatorios que nos dicen que los "malos" saben dónde estamos.

Con el enorme equipo de Telefe Noticias con el viajamos (el productor Emiliano Lapolla, el camarógrafo Juan Zamudio y el asistente de cámara Pedro Kasparas) llegamos a contar algunas de las historias más importantes que veníamos a buscar: recorrimos Pedro Juan Caballero y mostramos la historia de Cándido Figueredo y también nos infiltramos en la plantación narco donde sentimos los disparos.

Queríamos hacer más, pero tuvimos que decidir que hasta ahí, por esta vez, estuvo bien. Pasamos las últimas horas refugiados en una casa y algunas personas de confianza nos escoltaron hasta la ruta de regreso.
La historia de Cándido Figueredo resume lo que se vive en estos rincones del continente: un colega que por sus investigaciones vive con custodia las 24 horas y de alguna manera está preso por decisión propia y también ajena. Es que a pesar de que ya balearon dos veces su hogar, él sigue adelante (eso sí: no puede salir a cenar, no puede disfrutar del cine, casi no sale de su casa y todo aquel que lo visite se encuentra con tres personas con fusiles en la puerta).

Esto no es una serie yanki: los narcos están ahí, vanagloriándose de sus negocios legales con los que lavan dinero y ocupados de sus negocios ilegales con los que mueven 350 millones de dólares por año sólo en esta zona. Los narcos ostentan con sus mansiones en el medio de la ciudad, las vimos con nuestros propios ojos. Los narcos se mueven como si nada, porque ese es su mayor capital, ¿no? La impunidad.

El gobernador, el intendente, las fuerzas de seguridad y cada vecino saben lo que pasa. Algunos aprovechan y hacen negocios, otros combaten estoicamente como pueden y la enorme mayoría, es entendible, eligen seguir haciendo su vida en silencio. Es la cara más dolorosa y sangrienta de América latina... y nos está pidiendo a gritos que hagamos algo.
Texto de Nacho Girón | @nachogiron