Tiroteos a toda hora, ajustes de cuentas, balas perdidas, pibes que salen a robar y que muchas veces terminan presos o muertos. El barrio Carlos Gardel, en Morón, es, lo que se dice, “un barrio picante” y Paulo Kablan salió a recorrerlo para saber no sólo lo que pasa, sino también por qué pasa. Siempre desde la óptica de los verdaderos protagonistas: los propios vecinos.
Como José, de 60 años, quien reconoce que buena parte de su vida estuvo atravesada por el mundo del delito. De joven arrancó cometiendo robos menores y después pasó a otros más pesados.
Tanto que está vivo de milagro. Tiene más de diez tiros en el cuerpo. Todos como consecuencia de lo mismo: enfrentamientos con la policía.
Peor suerte tuvo el hijo de Liliana. Apenas 14 años tenía cuando le dijo que se iba a jugar al pool. Pero no fue al pool. Fue a robar y nunca volvió. Un policía retirado lo mató a balazos.
Historias que se repiten en un barrio donde la gran mayoría de los vecinos son honestos y se ganan la vida a puro sacrificio.
Adriana es una referente. Su padre fue uno de los que a fines de los años 60 fundaron a “la Gardel”. Por eso fue testigo de cómo todo el entramado social se fue descomponiendo.
“A mediados de los 90 cuando empezó a circular mucho la droga cambió todo. No es que esto era un cuento de hadas, pero a partir de entonces todo se puso muy pesado”, cuenta.
Pero no es sólo el flagelo de la droga. Las necesidades están a la vuelta de cada esquina. El hacinamiento, la falta de servicios y de oportunidades son parte de la regla. Ya con decir que se vive en el barrio es un gran obstáculo para conseguir trabajo. Y nada es casual. Todo tiene que ver con todo. También con que sea un barrio “picante”.