En una nueva entrega de Barrios Picantes, Paulo Kablan recorrió La Cárcova, una villa de San Martín, donde las necesidades se entremezclan con el delito, las drogas y la muerte.
Miguel tiene 31 años, pero a los 5 supo lo que era robar. Unos vecinos del barrio lo llevaron a Palermo y le dieron una bolsa para que tuviera. “Cuando la abrieron estaba llenas de armas”, recuerda.
Ese fue primero contacto con el mundo del delito, pero no el último. Después empezó él a dedicarse a robar. Pasó varios años preso hasta que cambió de vida. Hace unos años empezó a hacer trabajo social en el barrio.
Lo mismo que hace Noelia, quien maneja un merendero con su marido. Ella es testigo de la violencia que se respira en el ambiente. “Todos los días hay tiroteos. Las bandas que venden droga se pelean por el territorio”, cuenta.
En uno de esos tiroteos quedó atrapado la hija de Cristina, una vecina que vive pegada al zanjón, como le dicen a un arroyo repleto de basura y de restos de autos robados.
“Ella iba con sus hijos chiquitos. Se tuvieron que tirar al piso para no recibir un balazo”, asegura Cristina.
El que disparaba pudo haber sido un vecino que quiso dar su testimonio con la condición de no mostrar su cara. “Acá todo se arregla a los tiros”, asegura. Y puede dar fe con su propio cuerpo. Tiene un balazo en cada pierna.
Julián (@Giulianoberry) también tiene una historia atravesada por el delito. Durante años se dedicó a robar y hasta vio cómo mataban a un compañero suyo. Pero como muchos pibes del barrio encontró una salida a través de la música.
Con un amigo (@thiagosantiino) armaron un dúo de reggaetón, donde cantan lo que pasa en el barrio. Los robos, las drogas, los tiros. Lo bueno es que no se quedan en eso. También es una apuesta a cambiar las cosas.