Tiros, muertos, robos, ajustes de cuentes y venta de droga. El peligro se respira en cada esquina de la Isla Maciel, un barrio icónico de Avellaneda. Y en una nueva entrega de Barrio Picante, Paulo Kablan lo recorrió.
Luis nació en el barrio, pero pasó 25 años de su vida en la cárcel por robo y homicidio. Acribilló a balazos a un hombre que se resistió a un asalto y mató su cómplice.
“No me quedó otra, si no lo hacía me mataba a mí”, trata de justificarse Luis, aunque, ya retirado del mundo del delito, se muestra arrepentido.
Como el suyo, hay muchos casos en la Isla Maciel. Pero, según dicen, el delito mutó en los últimos años.
Si antes lo que predominaban eran las bandas de asaltante, ahora “el negocio” está en la venta de drogas al menudeo.
Tanto es así que, desperado porque no encontraba trabajo, Damián les fue a pedir a los transas que lo contraten.
No para vender drogas, aunque sea para hacerles de “vigía”, como les dicen a los que avisan si viene la policía. Igual no dio con el perfil.
Un chico que se presentó como Jony tuvo más éxito. Con la cara cubierta por una bufanda, admitió que vende drogas en una esquina. “Acá es lo que hay hoy en día”, dice.
Pero no es lo único. Y Yanina es un ejemplo. Todos los días se levante a las seis de la mañana para ir a trabajar como acompañante terapéutica. Toma un colectivo y un tren.
Porque en la Isla Maciel se respira el peligro. Pero también el sacrificio de un barrio obrero lleno de laburantes.