A lo largo de sus cortos años han sido apartados, envidiados, maltratados. En la escuela no los comprendieron, fueron pocos quienes quisieron incentivar y acompañar su crecimiento y curiosidad. Pero eso no los detuvo. Son chicos de 9 a 14 años que esconden una fortaleza incalculable, que les permite seguir adelante a pesar de los infinitos obstáculos. Si en la escuela no les enseñan lo suficiente, son autodidactas y aprenden solos. A pesar de las burlas, no dejan de lado sus gustos por la ciencia, matemáticas, informática, paleontología e historia. Son conscientes de hasta dónde pueden llegar, y no permiten que nadie interfiera en su desarrollo.
Pero no la han pasado nada bien. Los apodos son variados y dolorosos. Y las cargadas incesantes. A Zoe sus compañeros le decían “calculadora” y le pedían que haga las tareas de todos. Los padres de Nerea debieron cambiarla de colegio por sufrir bullying. A Nehuén una maestra le llegó a decir que él era un problema en el aula, por su inteligencia. A Valentino sus compañeros de colegio le llegaron a pegar luego de que buscara un libro para leer.
Para los padres también es un desafío. Tienen varias reuniones con las escuelas a donde van sus hijos, para proveerles de una educación adecuada a su nivel. Aparte del acompañamiento constante, intentan darles todo lo que necesitan en sus estudios. Nehuén cuenta, por ejemplo, que su madre debe afrontar altos gastos ya que él y su hermana terminan un libro de 1.000 hojas cada dos semanas o menos.
La inteligencia y altas capacidades generan que a muchos de ellos les cueste interactuar con otros chicos. Es que, claro, los temas de comunicación e interés pueden ser muy distintos. Uno de ellos, Matías, cuenta que -para intentar ser aceptado por sus compañeros -intentó cambiar sus gustos y preferencias, así como también su forma de hablar y pensar. Pero aún así no lo incluyeron. Aquello fue una gran lección para él, entendió que no tenía por qué buscar la aceptación de los otros, y decidió ser él mismo. Sin condicionamientos.
Estos chicos nos enseñan a todos. Y no específicamente por sus altas calificaciones académicas, sino por su enorme valentía al enfrentarse –con tan corta edad- a la discriminación y falta de respeto. Luego de pasar días tan duros en el colegio, se secan las lágrimas y recuerdan que, aunque muchos pretendan desincentivarlos, pueden (y quieren) cambiar el mundo.
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