Son mucho más que un espacio de entretenimiento, de encuentro social o para practicar un deporte. En los barrios más postergados de la Capital Federal y el conurbano bonaerense, los clubes cumplen una función fundamental para proteger a los chicos frente al avance del narcotráfico y la violencia.
La inseguridad no es el único temor por el cual los padres de estos chicos y adolescentes no quieren que jueguen en la calle. En sus barrios, estar en la esquina puede exponer a los chicos a ser captados por los narcotraficantes o quedar en medio de una violencia extrema.
El Club Deportivo La Solís del barrio de la Boca es un ejemplo de esto. Soledad fundó este equipo junto a su esposo, Juan, en la zona de su barrio donde el flagelo del narcotráfico y la violencia golpean más fuerte. El Club de hecho funciona en una canchita publica dentro de la Plaza Solís, un espacio que debieron disputarle a los promotores de la “mala junta”.
En el conurbano bonaerense en la entrada al barrio conocido como “La Pepsi”, un complejo de monoblocks de Florencio Varela, está la sede del Club Sol de Bosques. El club tras veinte años de historia continua rescatando chicos de la calle. Fabián, su actual presidente, llegó al club con sus hijos y hoy tiene a sus nietos jugando. En el medio vio decenas de chicos pasar por el club. Vio a decenas de chicos salvarse de la droga y la violencia. También vio a otros que se perdieron. Unos le generan orgullo y otros dolor. pero todo eso lo impulsa a continuar.
El Club Transradio de Esteban Echeverria, es un club sin cancha. Para poder funcionar padres y directivos juntan dinero para alquilar una cancha del barrio. El objetivo es el mismo, evitar que los chicos queden en medio de la violencia en una zona del conurbano donde, aseguran ellos, los chicos pueden quedar expuestos a enfrentamientos extremadamente violentos entre las bandas narco criminales.
Ellos como otros dan una batalla cotidiana, con un lema que los acompaña “un pibe más en el club, un pibe menos en la calle”.