Corría el año 1864 cuando el inglés Richard Newton trajo el primer alambrado al país. Pero para los alambradores pareciera que el tiempo no hubiese transcurrido. Es que 150 años después siguen haciendo el trabajo casi de la misma manera en que se hacía en aquél entonces: a pala y a pura fuerza.
Y en una nueva entrega de Contratado por un día, Roberto Funes Ugarte se sumó a una cuadrilla de alambradores de la ciudad de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires, para experimentar lo que significa ser parte de un oficio tan sacrificado como rudimentario.
El sindicado que les corresponde es UATRE, aunque la mayoría de los alambradores trabajan de manera informal, con todo lo que eso implica.
Cobran, en promedio, 100 pesos por cada metro de alambrado, con lo cual redondean un sueldo de unos 30 mil pesos al mes. Es que no todos los días tienen trabajo. No solo depende de que los contraten. También de que no llueva.
Los esquineros, que cumplen la tarea más difícil, ya que instalan los postes que van en los ángulos y requieren un pozo especial para que soporten el peso del alambre, cobran un plus de 300 pesos.
En los sectores más urbanos, donde el alambre se usa para delimitar lotes, se emplean vigas de hormigón como sostén, pero en el campo se siguen utilizando maderas como el quebracho o el ñandubay.
En 2019 la producción de alambre de acero, el que se utiliza para los alambrados, fue de 140 mil toneladas, de acuerdo con las estimaciones de Acindar, la fábrica líder del sector.
“Es un trabajo riesgoso también. Si te descuidás, con el alambre de púa te podés sacar un ojo”, cuenta Mario mientras muestras las manos llenas de cicatrices, todas producto de accidentes de trabajo.
Es que la revolución tecnológica avanza día a día. Pero hay lugares donde todavía no la conocen. Ni por asomo.
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