Cada vez hay más gente a la que le cuesta llegar a fin de mes. Y sobre todo entre quienes son monotributistas o tienen un empleo informal. A tal punto que, como no gozan de licencias, deciden trabajar hasta cuando están enfermos.
Gabriel es chofer de aplicaciones y hace un mes, en medio de un asalto, le pegaron un tiro en una pierna. Lo operaron y le indicaron dos meses de reposo. Pero no pudo esperar. A los 15 días abandonó el tratamiento y volvió a trabajar con la ayuda de muletas.
El riesgo para su salud es alto. Le dijeron que se le puede desplazar el hueso y tener que volver a operarse. “No me queda otra -asegura-. Si no trabajo, no como. No puedo seguir pidiendo plata prestada para vivir”.
El caso de Silvio, un albañil de 54 años que trabaja informalmente, es verdaderamente dramático. Tiene chagas, hipertensión arterial, diabetes y dañada la columna vertebral. Y, por si fuera poco, hace unos días se cortó la mano y perdió la movilidad de dos dedos.
“Me indicaron que hiciera rehabilitación, pero si dejo de trabajar un día no tengo el plato de comida para mi familia. Trabajo hasta sábados y domingos”, sostiene.
Para soportar el dolor todas las mañanas se dan inyecciones con un analgésico. “Ni a mi peor enemigo le deseo los dolores que tengo”, dice.
Emanuel trabaja como repartidor. Hace unos días, cuando trató de defender a un compañero al que le estaban robando, se cayó de la moto y se lesionó la rodilla. “En el hospital me indicaron reposo y que me hiciera una resonancia magnética, porque me pude haber roto los meniscos”, cuenta.
El problema es que tiene cuatro hijos que mantener. Si deja de trabajar no llega a fin de mes.
Por eso ahí anda, con la rodilla vendada, aliviando el dolor con hielo y de reparto en reparto. Es que no siempre “el trabajo es salud”.