Adrián tiene un boliche a metros de la estación de José C, Paz. Su rubro fue de los primeros en cerrar sus puertas y será de los últimos en abrir. En este tiempo, su vida cambió completamente.
Ahora vive en el boliche y vende ropa usada. El bullicio de “la noche” que generan los recitales y las fiestas, era parte de su cotidianeidad. Se refería a él mismo como un “vendedor de alegría”, hasta que la pandemia le puso un freno y lo obligó a reinventarse de un día para el otro.
En este tiempo probó seis emprendimientos diferentes, que fueron apareciendo a medida de que el anterior fracasó. Primero, cuando pocas personas salían a la calle, se le ocurrió hacer envíos a domicilio de productos de primera necesidad.
El emprendimiento fracasó a las pocas semanas y decidió transformar su boliche en un almacén. El nuevo emprendimiento tuvo más suerte que el anterior pero las ventas cayeron y terminó por cerrar el local. Junto con algunos de sus ex empleados armó un lavadero de autos en la puerta de su casa.
Cuando se habilitaron los restaurantes, probó armar una pizzería en su boliche, pero tampoco funcionó. Ante un nuevo fracaso, montó una papelera junto a su pareja pero la ausencia de clientela hizo que volviera a fundir.
En ese momento, tomó una difícil decisión: poner en alquiler su casa y mudarse al boliche. Ahora vende ropa usada en redes sociales y en la puerta de lo que hoy es su casa y fue su boliche.
Adrián no baja los brazos, dice que su hijo es quien le da fuerzas para seguir intentando y relata una difícil charla que debió tener con él cuando le explico la situación por la que está pasando. Adrián y su hijo esperan que la pesadilla termine, que el boliche vuelva a abrir sus puertas y poder levantarse trabajando.