Carlos Antonio Niccoli tiene 81 años, es hijo de un inmigrante calabrés y se crio en Flores. Su padre murió cuando tenía nueve años, pero tiene un recuerdo muy presente de él. “Los pocos años que vivió conmigo fue maravilloso, tenía un corazón enorme y de eso se murió, de un infarto”, dice al recordarlo. Con la madre, por el contrario, tuvo una relación muy conflictiva que lo marcó hasta el día de hoy.
Aunque su sueño era ser mecánico, su madre lo obligó a estudiar tornería. “Yo quería ser mecánico de autos, pero mi vieja era castradora y me mandó al colegio que quiso”, recuerda con pesar.
En la entrevista con Erica Fontana, para "He vivido", Carlos relata que trabajó de muchas cosas hasta que tuvo la oportunidad de entrar en una empresa que producía la distribución de los automóviles. Sin embargo, aunque él estaba feliz en el 55, con la Revolución Libertadora, lo echaron.
Tuvo que hacer el Servicio Militar obligatorio y en los 16 meses, tres días y 6 horas, que prestó servicio, conoció a un suboficial que quiso mucho.
Una vez que terminó el Servicio Militar entró a trabajar en una empresa que armaba motos: “Cumplí mi sueño, le dije a mi vieja que iba a ser mecánico le guste o no le guste”, dice.

Allí fue feliz y trabajó hasta 1963 donde pegó el salto grande a la fábrica de Ford. Trabajó en Ford en la parte de ingeniería de producto estuvo allí hasta el 30 de junio de 1991 cuando se retiró, cuando se jubiló empezó a trabajar por cuenta propia en su taller.
Toca la guitarra y lo usa como arma de seducción: así conoció a su primera mujer y a su novia actual, Betty. Su mujer falleció en 1998 producto de un cáncer de pulmón por el cigarrillo de las que él todavía sufre las consecuencias de haber sido fumador pasivo durante tantos años.
“A mi mujer la quise mucho, con mis hijos tengo una relación un poco distante quizás porque no supe demostrar el amor que les tengo”, sostiene.
Con Betty se conocieron en Puerto Libre en 2002, ella también era viuda, comenzaron como amigos y luego empezaron a sentir amor. “Desde que estoy con Betty me doy cuenta lo que es el amor”.
LA HISTORIA DE CONSUELO
Consuelo Sueiro tiene 80 años, nació en un pueblito de Galicia y vino a la Argentina cuando tenía 13 años. Vivió en España durante la Guerra Civil Española y su padre fue reclutado por Franco. Hoy todavía recuerda el hambre que padecían en esos tiempos.
“Teníamos un molino y lo poco que producíamos de maíz lo usábamos para el desayuno, tomábamos maíz con leche en una taza, era como una polenta, lo único que había; a veces cenábamos pan duro”, recuerda.
Fue la única hija mujer de la familia y lo padeció bastante. “Mi madre decía que no quería una nena y que no me quería tener”. Tenía dos hermanos mayores, pero era la única que trabajaba en la casa y no la dejaban ir al colegio todos los días, sólo podía ir cuando no llevaba a pastar a las vacas.
Cuando volvía del campo de batalla, el papá trabajaba en el campo y le pagaban con la cosecha, nunca tenían dinero. Los hermanos del padre estaban en la Argentina y lo invitaron a venir, vino sólo y 18 meses después la familia pudo viajar al país atravesando el Atlántico en barco.
Recuerda que ese viaje lo pasó descompuesta. Cuando llegaron vivieron en Liniers en un cuarto de una casa que alquilaban junto a otra familia.
El padre empezó a trabajar en Standard Electric y la mamá empezó a cocer pantalones para militares, pantalones que usaba como colchón para no dormir directamente en el suelo. Así durmió un año, hasta que el padre consiguió una casita en Ciudadela.
La adolescencia fue dura, no la dejaban salir a ningún lado y menos tener novio. A los 18 años el padre la hizo entrar a Standard Electric y cuenta que al marido lo conoció porque era amigo del hermano y ya lo habían aceptado en la familia.
Se separaron en 1976 y estuvo sola un tiempo hasta que se enamoró de un compañero de trabajo que se estaba separado de la mujer, aunque fue breve: él se fue del país porque era de izquierda. Luego conoció otro hombre con quien estuvo 34 años en pareja y se separó hace seis años.
Recién terminó el colegio primario hace 20 años atrás. “Mi satisfacción es que mi hija y mi nieta me vieron recibida”, asegura. Hoy pasa el tiempo con un grupo de amigos de Puerto Libre.
Agradecimiento al Centro Recreativo para la Tercera Edad “Puerto Libre” de San Isidro que nos facilitaron el lugar y las historias.