"Pasa de Noche": el mundo de las apuestas clandestinas

Piqui vóley y la Taba, dos juegos que se respiran en la Villa de los Paraguayos y el Barrio Luján.

Informes Especiales: "Pasa de Noche": el mundo de las apuestas clandestinas

Uno nació en Paraguay. El otro, en la antigua Grecia, fue traído por los españoles y se convirtió en un ícono de los gauchos. Uno es el piqui vóley. El otro, la Taba. Y si bien son dos juegos muy diferentes, hay algo que los une: se apuesta mucho dinero y cada vez tienen más adeptos en zonas muy humildes del Gran Buenos Aires.

La cámara de Pasa de Noche fue testigo de este fenómeno en dos barrios de La Matanza separados por pocas cuadras de distancia: la Villa de los Paraguayos y el Barrio Luján.

En la Villa de los Paraguayos se respira piqui vóley en cada esquina. De hecho, en la entrada hay dos canchas en las que no sólo los vecinos, sino también jugadores de otras partes e incluso venidos especialmente desde Paraguay suelen desafiarse por sumas que a veces superan los 100 mil pesos.

Variante del fútvoley surgido en los años 60 en las playas de Copacabana, en el piqui vóley cada equipo está integrado por dos jugadores que deben pasar la pelota del otro lado de la red y evitar que pique en el suyo utilizando cualquier parte del cuerpo menos las manos. El primero que llega a 12, siempre con una diferencia de al menos dos puntos, gana el partido.

Si bien hay argentinos que lo practican, la gran mayoría son inmigrantes paraguayos, verdaderos especialistas de esta disciplina, a tal punto que su país es el actual campeón mundial de piqui vóley. Pero detrás del deporte y del espíritu lúdico, hay dinero. Y a veces mucho.

Marcos puede dar fe de eso. Hace poco, en medio de una jornada de piqui voley, perdió todo lo que tenía y entonces apostó el auto con el que había ido. Le fue mal. Se volvió a su casa caminando mientras miraba cómo su rival se llevaba el Peugeot 206 que le acababa de ganar.

Pero Marcos no juega dentro de la cancha. El es lo que en la jerga le dicen un “patrón”. Los “patrones” tienen “caballos” -así se los llama a los que practican el piqui vóley- a quienes apadrinan y por quienes apuestan cada vez que compiten. Es una suerte de representante, porque también es el encargado de organizar desafíos contra otros equipos.

Sus “caballos” son Paolo y Denis, dos jóvenes que tienen una gran destreza para el piqui vóley pero que durante la semana son obreros de la construcción. Esta vez tuvo mejor suerte Marcos. Su equipo salió victorioso. Pero lo que estaba en juego no era un auto. Eran 2 mil pesos. El se quedó con mil y le dio 500 a cada uno de los jugadores.

Mucho más precario es lo que al mismo tiempo sucede a pocas cuadras de distancia, en la calle Chavarría, del barrio Luján, donde unos veinte vecinos se juntan a jugar a la taba. Si los que se dedican al piqui vóley son casi todos paraguayos, los que juegan a la taba son en su mayoría inmigrantes del norte del país –sobre todo de Santiago del Estero- que se instalaron en el Gran Buenos Aires.

La cancha es muy rudimentaria. Se trata de un rectángulo de tierra apenas delimitado por algunos troncos y con un hilo que lo divide a la mitad. Los desafíos son entre dos competidores que deben arrojar un hueso de vaca al campo contrario y tratar de que caiga con la cara lisa hacia arriba. El que lo logra gana la partida.

Las apuestas, que en algunos casos son de 1000 pesos por cada partida, se hacen bien a la vista. El dinero se arroja sobre la cancha de tierra y, además, quienes están afuera también pueden apostar a favor de alguno de los dos jugadores.

Aunque todo sucede al aire libre, sobre la vereda, hace unos meses instalaron una parrilla donde, mientras juegan, suelen asar unos chorizos para amenizar la noche. Es una suerte de ritual que se repite todos los viernes desde las 10 de la noche hasta la mañana del sábado.

Como cada partida dura apenas unos minutos, en poco tiempo pueden perder mucho dinero. Es lo que le sucedió a Eduardo, más conocido como Dadi, quien perdió todo lo que tenía y volvió a su casa a buscar lo poco que le quedaba. Dadi es pintor. Y entre sus rivales hay albañiles, remiseros, electricistas, todos trabajadores que a duras penas llegan a fin de mes. Por eso hay quienes antes -cuando se apostaban pequeñas sumas de dinero- jugaban y ahora dejaron de hacerlo.

Los que siguen dicen vivirlo sin dramas. Incluso cuando pierden. Para ellos es su modo de divertirse. Y reivindican que no hay una banca que se lleva todo como en el casino o en el bingo. “Acá es distinto -dice Dadi-. Este es el casino de los pobres”.

Texto de Pablo Kuperszmit.