Ellos son hijos de personas que padecen adicciones. Tanto Gabriel, Agustina como Candela debieron vivir situaciones complejas y duras en el acompañamiento a sus seres queridos.
Gabriel se dio cuenta que su padre tenía adicción al alcohol desde que era niño. Escuchaba desde su cuarto gritos, golpes, y caída de objetos. Intentó hablar con su padre para que no tome más, pero no hubo caso. Hoy, en la adultez, tienen una relación cordial. Gabriel supo estar presente en momentos en los que su padre solicitó ayuda.
Agustina convivió con una madre inmersa en la drogadicción. Intentó cuidarla lo máximo que pudo, le insistía para que deje las drogas y hasta llegó a planificar actividades para que se olvidara del consumo. Pero no tuvo buenas consecuencias, su madre seguía comprando estupefacientes. Llegó un momento en el que dejaron de convivir en un mismo techo, pero Agustina se la encontraba en la calle, con hambre. Inmediatamente le daba para comer y la asistía. Llegó a sentirse madre de su propia madre, y tiene tan solo 21 años.
Candela sintió algo similar a Agustina. Se comportaba como madre de su padre. Trabajó y administró el dinero de la casa para que nada le faltara, y hasta llegó a ser víctima de robos de su progenitor. Pero con el tiempo comprendió que lo mejor que podía hacer era, no aislarse, sino insistirle a su padre para que se reponga y mejore. Logró que se interne en un centro de recuperación y lo acompañó en todo el proceso. Hoy se encuentra en mejores condiciones que antes.
Son tres personas con inmensos desafíos y adversidades. Viven un cambio constante de los roles familiares, y han tenido que afrontar responsabilidades que no les correspondía en absoluto. Pero a pesar de ello nunca bajaron los brazos en su intento y anhelo de ver a sus familiares en mejor estado. Y hoy continúan en ese camino de acompañamiento arduo.