Iván Enzo Cáceres tiene 23 años y se encuentra procesado por venta de estupefacientes. Hace seis meses que está en la cárcel. es su primera vez tras las rejas. Te contamos su historia.
Se crió en barrio Grande, en Montegrande. Tuvo sus padres presentes y trabajadores, él barrendero y su madre ama de casa al cuidado de sus ocho hijos. Iván fue el cuarto hijo, el del medio; es el único de la familia que se dedicó a delinquir (hay dos hermanos de él que también están imputados por la misma causa, pero asegura que no tienen nada que ver).
Hizo el colegio primario, comenzó el secundario pero abandonó en segundo año porque las adicciones a la droga lo habían descontrolado.
"Empecé de chico con marihuana, al tiempo seguí con cocaína y después lo peor el paco”, recuerda.
Desde los 15 años decidió pasar de ser consumidor a tranza. “Arranqué para poder bancarme las adicciones que tenía, imaginate que yo levantaba 10 mil pesos por día vendiendo paco. Yo manejaba 18 personas a las que les pagaba 400 pesos y ellos tenía que vender mil pesos. Mis viejos sabían que vendía y me suplicaban que parara, pero no había forma de convencerme”, asegura.
En muchas ocasiones tuvo que enfrentarse con narcotraficantes que le pusieron precio a su cabeza porque Iván no les había entregado el dinero de la venta. “Ellos venían a buscarme para lastimarme y yo les respondía, muchas veces la falopa la consumía yo y no tenía forma de darles la plata. Hasta que conseguía la plata para devolverla era una lluvia de balas diarias”, relata.
Además de vender drogas, durante un tiempo se dedicó a robar para sostener su consumo. “A mí no me importaba nada porque era muy adicto, robé celulares en la calle. También viniendo de gira, me bajé a punta de pistola y lo ajusté a un tipo para que me diera el auto. No me lo quiso dar y lo cagué a cañazos hasta que lo lastimé. Lo dejé desmayado y me llevé el auto”, cuenta con jactancia.
“A mí las armas me las daban los narcos para que defendiéramos el territorio, cuando se pudría con otras bandas los llamaba para que vinieran a hacernos la segunda y darnos seguridad. Pero la mayoría de las veces nosotros solos poníamos el pecho. Una vez me vinieron a buscar al puente amarillo donde vendía paco y los recagué a tiros, alguno habré lastimado”, recuerda.
Dice estar arrepentido, quiere rehacer su vida con su mujer y sus dos hijos.
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