"Yo solo le robo a los ricos"

Nació en una familia “bien” pero las cosas cambiaron y a los 15 años empezó a robar. Nuevo informe de Mauro Szeta.

Informes Especiales: "Yo solo le robo a los ricos"

Nació hace 27 años en el barrio inglés, en Belgrano, en el seno de una familia acomodada. Y siempre se codeó con la violencia y la muerte. Primero como víctima y después como victimario, convertido en ladrón de ricos y famosos, algunos de ellos sus propios vecinos.

Su primer contacto con la violencia fue apenas nació, en la sala de partos. Presentaba un cuadro de enterocolitis necrotizante, que ponía en serio riesgo su vida. Entonces su padre sacó un arma de fuego y amenazó a los médicos: “Salvan a mi hijo o los mato”. Le hicieron una intervención quirúrgica muy compleja y lo salvaron. También se salvaron ellos.

Cuando tenía unos 10 años sus padres se separaron. Su padre ejercía todo tipo de violencia contra su madre, así que fue el fin de una pesadilla para él.

Pero empezó otra. Solo con su madre apenas si podían llegar a fin de mes. Vivían en un barrio de ricos, pero eran pobres. Si poco tiempo antes a su cumpleaños habían ido cientos de invitados y había recibido incontables regalos, ahora no les alcanzaba ni para pagar un alquiler.

Tenía graves problemas de conducta en el colegio, a tal punto que un día una maestra le dijo: “Vos vas a ser chorro”. Y a él se le quedó grabado. Tanto que lo fue.

A los 15 años cometió su primer robo. Después de estudiar durante unos días los movimientos de un local de ropa femenina en Belgrano, una mañana se levantó “mal”, angustiado por tener la heladera vacía. Y no lo dudó. Tomó un cuchillo que había en su casa, amenazó a una clienta que estaba por entrar al local y después le exigió a la cajera todo el dinero. Escapó corriendo con 800 pesos en el bolsillo.

Sintió una adrenalina que jamás había sentido en su vida. Y se convenció de que se esa era su verdadera vocación. “Esta es mi vida”, pensó.

Lo primero que hizo con el dinero fue comprarse una campera en Dolce & Gabana y a la noche salió de gira con sus amigos. Es que si hay algo que lo martirizaba era ver a todos sus vecinos con ropa de grandes marcas y él sin siquiera algo para comer.

El segundo robo fue al poco tiempo, también en el barrio. En este caso eligió un local de quiniela. Ni siquiera llevó un cuchillo. Fingió que la punta de un celular era un arma y de “chamuyo” se llevó la recaudación.

Siempre actuaba solo. Por eso, uno de tantísimos tatuajes que tiene en el cuerpo es un gato que, según explica, representa a un ladrón solitario.

El salto lo dio a los 21 años, cuando fue a visitar a una primea que vive en Granada, España. De paso por Barcelona, conoció en un bar a un integrante de la famosa banda internacional Pink Panthers, que se especializaban en robar joyas. Se sumó a ellos y robaron en una mansión de la que se llevaron una gran cantidad de joyas y 80 mil euros.

La parte del botín dinero que le tocó a él –unos 25 mil euros- se la dio a su prima para que se la envíe a Argentina a través de un correo privado. Las joyas las trajo en su valija.

De vuelta en Buenos Aires, siguió por el mismo camino: el robo de mansiones. Siempre casas de gente acomodada. “Yo le robo a los millonarios, a alguien que no lo afecta la plata porque la recupera”, dice.

Entre otros golpes, fue uno de los autores del robo en la casa de la nieta de Amalita Fortabat, en 2010. Cuando no había nadie, entraron por una ventana a la mansión de la calle Husares y se llevaron 350 mil dólares escondidos en dos cajas fuerte que abrieron.

La vida lo golpeó en 2017, cuando su novia, hija de una acomodada familia porteña, los Moy Padilla, se suicidó en medio de una profunda adicción a la cocaína.

Desde entonces él se dedica a robar a narcos. En el último robo se quedó con un kilo de cocaína. Después lo vende a otro transa, porque él dice que nunca podría vender droga después de lo que el consumo le causó a su novia.

Dice que prefiere los robos “limpios”, aunque tiene armas de todo tipo, chalecos y todo lo necesario para usar la violencia en caso de que haga falta. Como si fuera inmortal, él se hace llamar “highlander” por la cantidad de veces que salió airoso de situaciones límites, desde la operación apenas nació hasta un puntazo en el bazo que le dieron en una pelea, pasando por la esquirla de una bala que se le incrustó en el abdomen durante un tiroteo.

Por eso no le tiene miedo a la muerte. Pero, sobre todo, por otra cosa: “El día que me muera voy a encontrar paz que nunca tuve”, dice.

Texto de Pablo Kuperszmit.