En la fábrica El Águila, en Villa Luro, nos encontramos con una increíble historia de amor: la del dueño, Jorge, y Teresa, a quién él conoció cuando, escapando de su adicción a las drogas, viajó a ofrecer ayuda humanitaria a un campo de refugiados de Rwanda.
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Jorge se enamoró a primera vista de ella y, seis meses después –tal como le había prometido- volvió al campo de refugiados, pero para casarse y regresar juntos a la Argentina.
Veinticuatro años después, tienen tres hijas. Teresa también tiene, imborrables, los recuerdos de aquella tragedia que, en medio de una cruenta guerra civil, se llevó a buena parte de su familia.
Pero ella y Jorge ahora viven el presente. Un presente que arranca todos los días a la madrugada para poner en marcha la fábrica de pastas. Un ejemplo de amor y trabajo que logró atravesar todos los obstáculos.